Fundamentos inmunológicos de las vacunas

La primera descripción del estado de resistencia a la infección (Estado inmune), se debe a Tucidides que en la “Historia de la guerra del Peloponeso”, relata como durante la epidemia de peste, el cuidado de los enfermos se encomendó a ciudadanos que se habían recuperado de la enfermedad ya que no volvían a padecerla.

 

Diciembre 2005

Autor: Dr. Gumersindo Fontán Casariego
Jefe de la Unidad de Inmunología. Hospital Universitario La Paz. Madrid
Palabra clave: Otros aspectos

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Introducción

La primera descripción del estado de resistencia a la infección (Estado inmune), se debe a Tucidides que en la “Historia de la guerra del Peloponeso”, relata como durante la epidemia de peste, el cuidado de los enfermos se encomendó a ciudadanos que se habían recuperado de la enfermedad ya que no volvían a padecerla.

El responsable de que muchas enfermedades infecciosas no se padezcan dos veces es el sistema inmune. Este complejo sistema de células y factores solubles tiene como función fisiológica la defensa del organismo contra microorganismos infecciosos.

Además, el sistema inmune puede activarse y generar respuestas si entra en contacto con sustancias ajenas al organismo de naturaleza no infecciosa. La tarea fundamental de este sofisticado sistema, es defender al organismo contra lo ajeno.

Para ello, debe discriminar entre aquello que le es propio y aquello que no lo es. Tras esta primera fase de reconocimiento, el sistema se activa y pone en marcha una serie de mecanismos efectores destinados a eliminar lo ajeno. Finalmente, tras la fase efectora hay un control homeostático que da fin a la respuesta. Pero el sistema inmune ya no será el mismo, ya que la gran mayoría de los antígenos dejarán recuerdo de su contacto. Esta es una de las características de este sistema, la memoria.

Otra característica es su exquisita especificidad, una capacidad única de discriminar entre antígenos diversos y dar una respuesta adecuada a cada uno de ellos. Además la respuesta inmune es capaz de madurar tras contactos repetidos con un mismo antígeno. No sólo la respuesta es cada vez más rápida e intensa, sino que es también más afín y específica. Todos estos cambios originados tras el contacto primario con un antígeno dan lugar a un estado inmune dirigido exclusivamente contra este antígeno.

La inmunidad puede ser natural o artificial , activa o pasiva . La inmunidad activa natural es aquella que se desarrolla fisiológicamente tras la infección. La inmunidad activa artificial es la conseguida tras la vacunación. La inmunidad pasiva natural es la producida mediante la trasferencia fisiológica de elementos del sistema inmune, cuyo ejemplo en el humano es el paso de la IgG materna al feto por vía trasplacentaria.

Por último se denomina inmunidad pasiva artificial a la lograda tras la administración de elementos del sistema inmunológico de una persona o personas inmunes a otra no inmune. Un ejemplo es la administración de gammaglobulina terapéutica.

El objetivo de las vacunas es inducir y conseguir una inmunidad protectora con antígenos vacunales, mimetizando en lo posible lo que ocurre tras la infección natural.

 

La respuesta inmune

La primera línea de defensa del organismo contra los patógenos invasores está constituida por la llamada Inmunidad Innata . Es probable que el 95% de la defensa del huésped esté mediada por esta inmunidad.

La inmunidad innata comprende las barreras epiteliales, elementos celulares como son los neutrófilos, fagocitos mononucleados y células citotóxicas naturales (NK); componentes proteicos como son los sistemas de complemento y coagulación, colectinas y pentraxinas.

Además, las células que forman parte de la inmunidad innata son fuente de citocinas que potencian la actividad microbicida de los fagocitos, tienen actividad antiviral e intervienen en el reclutamiento y activación de los leucocitos.

En condiciones normales la inmunidad innata está inactiva, pero preparada para responder con rapidez ante una agresión por microorganismos. Como toda respuesta de defensa, su fase inicial es de reconocimiento. La inmunidad innata es incapaz de reconocer macromoléculas o estructuras no microbianas.

Reconoce como extraño únicamente sustancias que aparecen en gérmenes patógenos. Sus receptores identifican estructuras compartidas por microorganismos diversos como son el manano, lipopolisacáridos bacterianos, ácidos nucleicos de microorganismos, ácidos teicóicos, N-formil-metionil péptidos, carbohidratos complejos y lípidos.

Todos los receptores que reconocen estas sustancias se codifican en la línea germinal y no experimentan fenómenos recombinatorios. Son receptores de menor especificidad que los de los linfocitos T y B, que además son receptores capaces de aumentar su especificidad y afinidad mediante la recombinación somática.

No se puede considerar a la inmunidad innata como inespecífica, ya que su especificidad, aunque grosera, es amplia y dirigida contra patrones compartidos por diversos microorganismos. Por ello, estos receptores se denominan receptores de reconocimiento de patrón , ya que no se dirigen contra determinantes antigénicos de un microorganismo determinado, sino contra estructuras compartidas por diversos microorganismos.

Al igual que los receptores de las células T y B, estos receptores de patrón son capaces de discriminar entre lo propio y lo ajeno, ya que ninguna de las células del organismo humano posee las estructuras citadas. Por ello no se conoce autoinmunidad o autoagresión mediada por la Inmunidad Innata.

Para producir una infección, los microorganismos deben de traspasar los epitelios que no solamente son una barrera física, sino que intervienen activamente en la defensa produciendo péptidos como son las defensinas, que actúan como antibióticos de amplio espectro.

Una vez traspasadas estas barreras, se va a iniciar un proceso inflamatorio. La activación de los macrófagos y liberación de citocinas, produce una vasodilatación local y salida a tejidos de plasma y posteriormente de células. El complemento sérico puede activarse por complejos antígeno-anticuerpo (vía clásica de activación), por polisacáridos bacterianos (vía alterna), o por el manano (vía de las lectinas).

Esta activación del complemento, puede dar lugar a la lisis del microorganismo, pero también es efectiva en la eliminación de los microorganismos al favorecer la fagocitosis. Además, componentes de bajo peso molecular generados tras la activación, como el C3a y el C5a, son mediadores potentes de la inflamación y quimioatractantes muy efectivos. Las células NK median la respuesta inicial contra microorganismos intracelulares.

El reconocimiento por las células NK de estas células infectadas está regulado por señales activadoras e inhibidoras, éstas últimas transmitidas por receptores que reconocen antígenos de histocompatibilidad de clase I (MHC-I).

Muchas células infectadas anulan esta señal inhibitoria al disminuir la expresión de estas moléculas. Los microorganismos opsonizados por anticuerpos y fragmentos de complemento como el C3b, son fagocitados por neutrófilos y macrófagos. Estas células al activarse, aumentan su capacidad microbicida y producen citocinas que reclutan y activan a otras células, entre ellas a las células T, que forman parte de la inmunidad adaptativa.

Inmunidad innata e inmunidad adaptativa, no son compartimentos estancos, sino etapas de un mismo proceso. Ambos tipos de inmunidad están estrechamente relacionados. La inmunidad innata frente a microorganismos, estimula el desarrollo de la inmunidad adaptativa e influye decisivamente en el tipo y calidad de la respuesta. Por otra parte la inmunidad adaptativa, utiliza mecanismos efectores de la inmunidad innata (complemento, macrófagos activados…) para eliminar microorganismos y además potencia la inmunidad innata. La inmunidad adaptativa es filogenéticamente más reciente.

En contraste con la inmunidad innata, se estimula tras la exposición a los agentes infecciosos y su intensidad y capacidad defensiva aumenta tras sucesivas exposiciones a un microorganismo determinado. Este tipo de inmunidad tiene una extraordinaria especificidad y es capaz de realizar una discriminación muy fina entre diferentes antígenos. Es por ello por lo que, se denomina también inmunidad específica.

La inmunidad adaptativa, comienza cuando una célula T virgen, que no ha entrado en contacto con un antígeno, contacta con una célula presentadora de antígeno activada, célula que ha unido a sus antígenos de histocompatibilidad, un antígeno capaz de estimular al receptor de esa célula T virgen.

Son células presentadoras de antígeno los macrófagos, las células B y las que hoy se cree son las células presentadoras de antígeno profesionales más importantes: las células dendríticas. Cuando una célula dendrítica tisular, capta un antígeno, se va a diferenciar en célula dendrítica madura y expresa en su superficie moléculas coestimuladoras. Además procesa el antígeno y lo une a su MHC.

Cuando la célula T virgen con un receptor apropiado entra en contacto con este antígeno y recibe las señales coestimuladoras apropiadas, comienza a dividirse, prolifera y se genera un clono de células con idéntico receptor. Parte de estas células se convertirán en células efectoras, mientras que otras se convierten en células memoria (Fig. 1). Esta proliferación inicial depende de la producción autocrina de la IL-2.

Existen dos subpoblaciones principales de linfocitos T, reconocibles por presentar estructuras diferentes en su superficie. Los CD4+ reconocen antígenos peptídicos de pequeño tamaño unidos a los MHC de clase II; estos péptidos provienen de antígenos externos a la célula.

Las células CD8+ reconocen fragmentos proteicos fabricados por la propia célula (por ejemplo de origen viral) y que la célula presentadora une a sus MHC de clase I. Las células CD8+ se diferencian en células citotóxicas, mientras que las células CD4+ son células cooperadoras que intervienen en la activación de otras células, entre ellas los linfocitos B y los macrófagos.

Existen dos tipos principales de células CD4+ en cuanto a su funcionalidad, las Th1 y las Th2, distinguibles por su patrón de producción de citocinas. La diferenciación de una célula T virgen, en uno u otro tipo de célula cooperadora depende de las citocinas presentes en el entorno en el momento de su activación. Las células Th1 producen citocinas como el IFN ? ? y el TNFa esenciales para la activación de macrófagos y en general para la respuesta inflamatoria celular. Las células Th2 producen entre otras citocinas la IL-4 y la IL-5, importantes para la estimulación de los linfocitos B productores de anticuerpos. Existe una regulación de la respuesta y balance Th1/Th2 ejercida por estas mismas citocinas (Fig. 2).

El receptor de la célula B, así como los anticuerpos producidos por las células B activadas, anticuerpos que tienen la misma especificidad que el receptor de las células que los producen, reconocen proteínas plegadas o carbohidratos. Para la producción de anticuerpos contra antígenos proteicos, la célula B necesita contacto con la célula T (respuesta T dependiente), mientras que para los antígenos polisacáridos no es necesario este contacto (respuesta T independiente).

El resultado de la activación de las células B es la producción de anticuerpos. Los anticuerpos protectores inactivan a los agentes infecciosos o a sus toxinas. También actúan los anticuerpos favoreciendo la fagocitosis o destruyendo por lisis los microorganismos al activar el sistema de complemento sérico.

De las clases de inmunoglobulinas, la IgG y la IgM son importantes para la protección en sangre y tejido linfático, mientras que la IgA tiene su papel protector en el ámbito de las mucosas. Los anticuerpos que se producen durante una respuesta inmune irán madurando progresivamente, y haciéndose cada vez mas afines, mediante un proceso de recombinación somática que sufren las células B en los centros germinales de los ganglios linfáticos.

Las células TCD8+ una vez activadas son capaces de destruir aquellas células que presentan en su superficie el péptido antigénico unido a MHC de clase I y para ello tras el contacto liberan perforinas capaces de lisar células o inducirlas a apoptosis, Las células T CD4+ activan macrófagos, células NK y linfocitos B. Tras la fase efectora se ponen en marcha mecanismos homeostáticos, quedando finalmente como recuerdo del contacto con el antígeno, células memoria.

La memoria inmunológica

La memoria inmunológica es la base de la vacunación. La primera vez que un antígeno se pone en contacto con el sistema inmune se produce una respuesta primaria. Tras un segundo encuentro la respuesta no es solo más rápida, sino que es también más intensa, mas ávida y mas afín.

En las respuestas secundarias se generan títulos más altos de células reactivas, así como una tasa mayor de anticuerpos que además pasan de ser mediados prioritariamente por IgM a ser de la clase IgG. Este estado de memoria inmunológica, todavía no bien entendido, se relaciona con un aumento de precursores celulares con receptor específico para ese antígeno, así como con cambios en la estructura celular.

Estos cambios cuantitativos y cualitativos se traducen en respuestas más rápidas y eficientes. Si bien la memoria inmunológica es requisito esencial para una respuesta eficaz, la mera existencia de memoria no es sinónimo de resistencia a la infección.

No está claro el mecanismo por el cual la memoria inmunológica persiste durante largos períodos de tiempo. Todas las células tienen un tiempo de vida más o menos corto y para que exista memoria es necesario que persista una población expandida de células capaces de responder a un antígeno concreto.

Es probable que el sostenimiento de estas poblaciones expandidas se deba a una persistencia del antígeno, bien en forma nativa, bien en forma de complejos antígeno-anticuerpo, que estimularían de una manera constante a las células B. Con ello se lograría tanto mantener una población expandida como un nivel protector de anticuerpos séricos.

Es también probable que en algunos casos esta estimulación se deba a reacciones cruzadas con antígenos de estructura similar o a infecciones inaparentes por el germen inicial. Los linfocitos TCD4+ pueden ser también estimulados por los mismos mecanismos, ya que no necesitan para su activación la existencia de un antígeno replicante y los antígenos de origen externo pueden ser almacenados y presentados durante largo tiempo en forma de complejos inmunes por las células dendríticas.

No existe consenso sobre el mantenimiento de la memoria de las células CD8+, ya que si bien estas células tienen una vida media larga, solo se activan por antígenos presentados por MHC de clase I, lo que implica una síntesis continua de antígeno por la célula presentadora.

Esta síntesis continua podría producirse por la eliminación completa de patógenos, en especial de aquellos de origen viral, lo que conllevaría una presentación de antígeno de bajo nivel pero suficiente para mantener la memoria.

En resumen se puede decir que la memoria protectora se mantiene gracias a respuestas de bajo nivel dirigidas por el antígeno, antígeno que puede ser mantenido por períodos prolongados de tiempo por el mismo organismo o por contactos repetidos con antígeno foráneo.

 

 

Inmunología vacunal

El objetivo de las vacunas es inducir una inmunidad protectora de larga duración, mimetizando en lo posible la infección natural, intentando producir las modificaciones que ésta produce en el sistema inmune. La actuación de las vacunas se centra en la inmunidad adaptativa y no en la innata, ya que ésta, carente de memoria, vuelve a su estado inicial tras la resolución de la infección.

En realidad las vacunas no protegen contra la infección sino contra la enfermedad causada por ella. Actúan proporcionando una ventaja inicial sobre los microorganismos invasores.

Los mecanismos adaptativos de resistencia varían según el tipo de microorganismo causante. Los virus citopáticos o las bacterias capaces de producir una infección letal son, como regla general no exenta de excepciones, controlados de manera eficiente por anticuerpos neutralizantes específicos o por citocinas producidas por los linfocitos T como el IFN ? o el TNF.

Los organismos no citopáticos, generalmente de crecimiento intracelular y que por lo general dan lugar a infecciones crónicas, se controlan más eficazmente mediante linfocitos TCD8+ con actividad citotóxica dirigida hacia las células infectadas, así como por citocinas inflamatorias capaces de producir daño tisular. Aún en estos casos, los anticuerpos suelen tener un papel en el control de la enfermedad, evitando la infección de nuevas células por diseminación.

Desde un punto de vista inmunológico una vacuna eficaz ideal debe de ser protectora, que esta protección sea de larga duración, y debe de inducir anticuerpos neutralizantes así como respuestas protectoras celulares. Es necesario también que sea segura evitando en lo posible cualquier tipo de riesgo.

Si bien la vacuna ideal sería aquella que estimulase y produjese respuestas de memoria protectora mediadas por células B así como por células T y que ofreciese un balance correcto entre respuestas Th1 y Th2, su eficacia real dependerá del microorganismo del que se intenta prevenir la infección.

Las respuestas anamnésticas son esenciales para una protección efectiva de muchas de las infecciones con un periodo prolongado de incubación, mientras que aquellas infecciones en que el periodo de incubación es corto, por lo general se previenen con un nivel basal alto de anticuerpos. Las vacunas con las que se cuenta actualmente, basan su eficacia protectora en la persistencia durante largos períodos de tiempo de anticuerpos neutralizantes.

 De aquí la necesidad que presentan muchas de ellas de ser administradas en dosis sucesivas y en corto espacio de tiempo durante la edad infantil y con una frecuencia variable de posteriores dosis de refuerzo. Estas pautas de vacunación se basan no solo en estas consideraciones teóricas, sino también en los resultados de los ensayos clínicos.

Además otros factores pueden aconsejar cambios en estas pautas. Por ejemplo, los anticuerpos de origen materno o aquellos adquiridos tras la administración terapéutica de gammaglobulina, pueden disminuir la respuesta inmune vacunal, en especial las producidas por vacunas de virus atenuados, ya que los anticuerpos pasivos pueden disminuir la replicación viral y con ello la respuesta del huésped.

La inmunidad protectora efectiva contra algunos microorganismos necesita la preexistencia de anticuerpos en el mismo momento de la exposición al agente infeccioso. Las manifestaciones clínicas de enfermedades como el tétanos y la difteria son producidas por sus exotoxinas, que deben de ser neutralizadas antes de que alcancen a la célula diana.

Por debajo de un nivel de anticuerpos, la exotoxina no se neutraliza y produce la enfermedad. Pero también pueden necesitarse anticuerpos preexistentes para evitar la aparición de enfermedades causadas por agentes de crecimiento intracelular. Un ejemplo clásico es el del virus de la poliomielitis, que infecta las células del huésped en un período de tiempo muy corto. Una vez infectadas son difícilmente controladas por las células T.

Una vacunación ideal debería también proporcionar protección desde el momento en que el agente infeccioso entra en el organismo. Sería por ello conveniente estimular el sistema defensa de mucosas, ya que muchos organismos tienen esta vía de entrada.

Las vacunas pueden ser divididas en: completas y de subunidades ó también en vivas/infecciosas versus inactivadas/inertes.

Las vacunas completas inducen una respuesta contra todos los antígenos y determinantes antigénicos del microorganismo. De los anticuerpos producidos sólo algunos confieren protección, otros son irrelevantes para la defensa e incluso en algún caso, anticuerpos dirigidos contra ciertos epítopos (Fig. 3) pueden generar respuestas adversas. También las células T dirigidas contra ciertos epítopos pueden dar lugar a una respuesta inflamatoria nociva. Por ello una vacuna efectiva debe dar lugar a la formación de anticuerpos y células T dirigidos a los epítopos correctos.

Las vacunas de subunidades se basan en la utilización de una única proteína o hidrocarbonado, o en fragmentos de estos componentes. Un caso especial es el de los péptidos inmunógenos obtenidos mediante ingeniería genética, cuyo diseño es con frecuencia dificultoso ya que debe tenerse en cuenta que el péptido ha de ser capaz de unirse a la práctica totalidad de los antígenos del MHC, para así poder dar lugar a respuestas protectoras en la inmensa mayoría de la población.

Las vacunas vivas causan síntesis de novo de antígenos vacunales y por ello la respuesta que se produce es más completa y más cercana a la producida por la infección natural, ya que incluye respuesta de células T citotóxicas. Un problema de estas vacunas es la posibilidad de reversión del microorganismo atenuado a su tipo salvaje.

Las vacunas inertes o inactivadas consisten en una preparación de patógenos muertos pero que conservan su capacidad antigénica. Con ello se elimina el riesgo de reversión del microorganismo, pero tiene el inconveniente de la nula o muy escasa generación de respuestas T citotóxicas.

La manipulación de antígenos se efectúa para evitar su toxicidad, pero es condición indispensable que el procedimiento no altere su antigenicidad e inmunogenicidad. Esta manipulación incluye procedimientos químicos como el tratamiento con formol o físicos como es la desnaturalización por calor.

La respuesta inmune ante antígenos vacunales puede incrementarse utilizando adyuvantes que no solo provocan una respuesta inflamatoria que retarda la liberación de antígeno en el foco, aumentando así su persistencia en el organismo, sino que además estimulan la producción de citocinas inflamatorias que pueden estimular la aparición de células Th1 y por lo tanto una respuesta más enérgica por parte de estas células.

Un caso particular es el de los antígenos polisacarídicos. Este tipo de antígenos genera respuestas T independientes y por lo tanto carentes de memoria. La efectividad de las vacunas polisacáridas es de escasa duración, dando lugar a protección por un período por lo general inferior a los tres años. Además hasta los tres años de vida, los humanos tienen una respuesta débil, cuando no ausente, a este tipo de antígenos.

El acoplamiento de ciertas proteínas a una vacuna de subunidades de polisacáridos, ha conseguido que las respuestas sean T dependientes, generen memoria y puedan ser utilizadas desde los primeros meses de vida. La proteína acoplada actúa como fuente de determinantes antigénicos para la célula T.

El momento actual es un momento de renovación tecnológica en el campo de la biología. Es probable que gracias a las técnicas de biología molecular que hoy se están experimentando pronto se tengan, no solo vacunas más efectivas, inocuas y duraderas sino también vacunas contra microorganismos ante los que hoy no se dispone de vacunas efectivas.

 

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Figuras

Figura 1




 

El linfocito TCD4+ reconoce el antígeno procesado y presentado por la célula dendrítica. El linfocito T se activa expresando receptores de citocinas y moléculas de activación. Comienza a producir IL-2 y prolifera, originando una expansión clonal. Parte de la progenie de las células T estimuladas por el antígeno se convierten en células T de memoria. Otras células T activadas producen citocinas (Th1 y Th2) y cooperan y activan a otras estirpes celulares (fase efectora).

 

   Figura 2

La célula presentadora (CPA) liga los antígenos a su sistema de histocompatibilidad. Este complejo es reconocido por el receptor de los linfocitos CD4. Dependiendo de la señal dada por la CPA y de las interleucinas generadas, la célula CD4 se diferencia en células cooperadoras Th1, responsables de la defensa contra microorganismos intracelulares, o en células cooperadoras Th2 responsables de la colaboración con el linfocito B para producir anticuerpos o inflamación alérgica. En la regulación de este tipo de respuestas están implicadas las citocinas. Así el IFN??frena la respuesta Th2, mientras que la IL-4 frena las Th1.

 

   Figura 3

Las células son complejos de antígenos. A su vez cada antígeno tiene varios determinantes antigénicos o epítopos de tamaño molecular limitado, que son reconocidos por los receptores de las células T y B. Solo algunos de estos epítopos dan lugar a respuestas protectoras.

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Last Updated ( Thursday, 17 August 2006 17:22 )