Llegada a Lodwar, Kenia

9/06/2009

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AUTORA. Lodwar, cirujana anónima del Hospital Clínico de Madrid

A mis compañeros, un grupo admirable de incansables mzungus
A los pacientes, para que un día todos puedan tener una dieta de intestino corto…
A Joaquín, Alejandra y Joaquinito que hacen de mi vida un regalo.

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Llegada a Lodwar

A no se cuántos pies del suelo, en una avioneta y rodeada por mis compañeros de aventuras amén de un obispo, un misionero, una cooperante holandesa, un cura malayo y el piloto, floto sobre una inmensa alfombra de nubes preguntándome qué hago yo aquí.
Solo espero que al final del viaje, o al final de cualquier otro viaje, o simplemente al final encuentre la respuesta, o mejor aún, sepa si aquello que siempre anhelé es lo que ahora se supone que me está pasando.

Y es que no es fácil enfrentarse a los sueños, supone una gran responsabilidad afrontar la posibilidad de cumplirlos, porque cuando un sueño deja de serlo perdemos algo que forma parte de nosotros, perdemos un pedazo de nuestro ser. Pero por otra parte, quien no arriesga… no gana.
Pero es que llevo tanto miedo en la maleta… miedo a lo desconocido, al fracaso,a no encontrar lo que venía soñando desde antes de nacer, a los mosquitos, a la gente de aquí,… y eso que desde que puse un pie en Nairobi (la ciudad terrible y peligrosa que describen las guías) estoy más tranquila. He visto multitud de personas en la calle, caminando apuradas o apiladas en furgonetas-autobuses (matatu) en medio de un gigantesco atasco, pero parecen afables. Me gustaron.
Sobrevolamos el continente africano, en esta zona es una inmensa llanura, cruzamos de sur a norte y de este a oeste. Tardaremos unas 2 horas en llegar a Lodwar. Vamos dejando atrás las verdes llanuras que rodean Nairobi, sobrevolamos el Lago Baringo y nos adentramos en unas tierras áridas, salpicadas de escasa vegetación y que poco recuerdan las idílicas imágenes que cualquier viajero tiene de este país.

El viento levanta nubes de polvo, las nubes oscurecen el ya de por sí árido y sombrío paisaje. No se ve ni un alma.
Tras un buen rato aparecen las primeras áreas de población, veo cabañas con el techo de paja y paredes de barro, son redondas y están rodeadas por un cercado. El interior lo cubren con pieles de cabra. Se llaman mayattas.

Nos aproximamos a Lodwar, tras un primer intento fallido de aterrizaje para no arrollar a unos niños que corretean por la pista por fin tocamos tierra. En seguida comienzan a aparecer niños, mujeres y hombres de todas partes, hasta rodear la avioneta.
Los niños, que por algo los son, se acercaron los primeros saludando y mirándonos con curiosidad.

Si la primera impresión es la que cuenta tengo que decir que la mía fue maravillosa. Me hubiera gustado quedarme un rato charlando con ellos pero nos esperan para llevarnos a la que va a ser nuestra casa durante las próximas dos semanas, Bethany House.
Según transcurren las horas me voy relajando. Estoy tranquila…

La casa pertenece a la Diócesis de Lodwar, funciona como casa de invitados. Es una construcción de cemento, muy sencilla, rodeada por una cerca de alambre. El interior es también muy austero pero está impoluta y es que la mano de sister Ivonne, se nota. Esta australiana se encarga de la casa y los huéspedes con gran esmero. Le ayudan unas 4-5 mujeres de aquí, muy guapas por cierto. Mi habitación está pintada de verde chillón, tiene dos camas y cada una tiene un mosquitero que cuelga del techo, donde también hay un ventilador. El baño está pintado de amarillo.

Cuando llegamos las mujeres están muy atareadas en la cocina, rodeadas de niños el mayor de los cuales no tendrá ni seis años.
Tras las presentaciones una merecida ducha. Antes por supuesto un registro minucioso de esta novata en busca de serpientes, mosquitos o incluso algún rinoceronte acechando detrás de la cortinilla del baño.

Rociada de repelente me siento a comer, intuyo que a sister Ivonne no le gusta que le hagan esperar.
Comemos ensalada de maíz y zanahoria hervidas, ensalada de tomate, cebolla y pimiento, soja con curry y pescado frito. De postre macedonia.
Compartimos mantel con nuestra anfitriona, con el canciller de la Diócesis (Tim) y con Dorine, una cooperante holandesa que lleva aquí dos meses. Y es que por lo que me cuentan esta casa está siempre muy concurrida, a veces con personajes peculiares como el año pasado en que estuvieron alojadas dos malabaristas holandesas que venían a hacer terapia con niños sordos.

Hoy la siesta es inexcusable aunque aquí debe ser práctica habitual ya que tras la comida todo el mundo desaparece. Me tumbo en la cama y estoy ardiendo, ¿cómo se puede vivir con este calor? El ventilador del techo (que por suerte a estas horas funciona porque la luz suele irse por la mañana) apenas se nota.
Cuando me levanto la casa está en silencio, los demás aún duermen.

Unos niños juegan al otro lado de la valla que rodea nuestra casa. Van descalzos. Aquí todo el mundo va descalzo.Entiendo que no van al cole. Habrán comido?
Supongo que la única manera de asumir algunas de las cosas que vives aquí es precisamente no vivirlas o mejor dicho no vivirlas desde nuestra perspectiva. Sacado de contexto esto es terrible y más para alguien que como madre siente algo muy especial y un gran dolor al ver la necesidad o la pobreza en el rostro de un niño.
Esto es normal pero no se puede sacar de contexto, no podemos comparar. Me lo repetiré todos los días para no sufrir. 

Ya podrían vender otra pastillita, así por la mañana tragaríamos las dos: el Malarone para que no te pique el mosquito y el “Marronone” para que no te duela el corazón.
Me gustaría poder llegar a conocer algo de este sitio, de su gente, de su día a día. Tendré la oportunidad? Empiezo por interrogar a sister Ivonne que acaba de levantarse de la siesta.

Ella es australiana, de Sydney y lleva 7 años aquí. Me explica que los niños que vi no estaban en el cole porque están de vacaciones. Aún así me dice que la mayoría no estudian, que dejan los estudios muy pronto. También me recomienda que mire siempre dentro de los zapatos para evitar sustos con los escorpiones, aunque me consuela contándome que su gato suele comerse todos los bichitos que pululan por la casa.

Poco a poco van apareciendo mis compañeros, Elena, Gloria, Carmen, David y Jose, nuestro anestesista.Estamos listos para salir hacia el hospital.

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El Hospital

El Hospital de Lodwar donde vamos a trabajar es público y por lo que oigo a mis colegas (los que repiten viaje) todos son conscientes de las dificultades que allí encontraremos. Sobre nuestras cabezas se ciñen negros nubarrones de dudas, me cuentan que no siempre es fácil encontrar el punto de armonía que haga que engranen piezas tan distintas: los doctorcitos recién aterrizados del mundo guay y los doctores locales con sus peculiaridades y sus propias reglas del juego. Cada año las dificultades han ido incrementándose.

Así que en reunión de grupo urgente lo que ha quedado claro es que venimos a trabajar y eso incluye llegar al mejor entendimiento con los nativos en aras del buen funcionamiento del proyecto y de lograr el objetivo final de la campaña que se resume en uno: operar y atender al mayor número posible de pacientes en consulta bien para operarles y si esto no es posible aliviarles al menos con los ,eso si , escasos medios de los que disponemos.
Por fín llegamos al hospital. Lo primero que deduzco es que la palabra no encaja con el concepto que se supone que define.Esto es una cuadra, ojalá, he visto cuadras más limpias y dignas. Hay varios edificios, son pequeños, de una planta.

La “parte quirúrgica” del hospital cuenta con un quirófano y una almacén que ya el año pasado se utilizó como cuarto de curas y quirófano para cirugías menores.
El quirófano tiene un cuartucho donde está el autoclave y el “material estéril”, que se guarda sin envoltorios en enormes contenedores y se esteriliza según se va usando.

Hay una zona de “lavado quirúrgico” y un cuarto con un pilón para lavar el material ya usado antes de esterilizarlo.
Hay además dos pequeñas habitaciones para cambiarse (con pijamas raídos llenos de manchas) y un almacén donde se apilan cajas de material caducado. Las cucarachas corren por el “quirófano”, veo también una lagartija escalando por la pared, el anestesista tiene que ir apartando cacas de rata de las cajas de las medicinas.

Nos está esperando el jefe de cirugía (y único cirujano del centro). A juzgar por los numerosos tomates de sus calcetines no parece que su sueldo sea muy espléndido.
Tras los saludos ordenamos todo el material que hemos traído (la mayor parte son medicamentos que hemos comprado en Nairobi y el resto viene de España: batas desechables, anestésicos, …)
Un saltamontes sestea encima de una taza de café olvidada en el quicio de la ventana del quirófano. El cirujano asoma la cabeza y pregunta: “¿han traído material para craniotomía?”. Mis compañeros me sonríen al ver la cara de pánico que pongo, ya me habían advertido que a veces propone ciertas cirugías algo… peculiares para el entorno.

Tras ordenar el material salimos hacia la consulta, que está en otro edificio contiguo. Todos los edificios son iguales, bajos, de cemento, destartalados y con poca luz. El de consulta es especialmente tétrico, tiene solo un ventanuco, una camilla mugrienta, una mesa y dos sillas, apenas hay espacio para moverse.
Comenzamos a ver los primeros pacientes. Si me quedaba alguna duda allí se acabó. Temía que el contacto con ellos me produjera rechazo, asco, incapacidad para tocarlos. Nada de eso. Tuvimos una desfile de hombres y mujeres Turkana, delgados, ataviados con su peculiar indumentaria, la manta de cuadros de vivos colores (rojo, malva, amarillo, verde…) y la falda en las mujeres, que además rodean su cuello de multitud de collares de cuentas.
Llevamos un estricto control de todo lo que hacemos. Cada vez que operamos un paciente lo anotamos en el libro de quirófano y en su historia. Dejamos escrito su tratamiento y en un sobre metemos la medicación que va a necesitar. En la consulta también tenemos medicación (sobre todo analgésicos y antibióticos) que repartimos entre los pacientes. 

Me llama la atención el hecho de que los pacientes están bastante limpios, cubiertos de polvo eso si pero limpios, no huelen mal. No deja de tener mérito considerando la escasez de agua .
Es una lástima necesitar un traductor para entenderse con ellos.El nuestro se llama Steven, es Turkana , habla además swahili e inglés.
En muchos casos les dejan en el hospital dos meses o más antes de llegar nosotros porque no entenderían lo de “venga usted dentro de dos meses que es cuando llegan los cirujanos mzungus (blancos)”. Y es que ellos, los turkana, son nómadas, no entienden de días ni saben de calendarios.
Por otra parte muchos no saben su edad y nunca les ha visto un médico.

Vemos patologías muy diversas. Una chica joven, de unos 17 años con una gran tumoración en el cuello, la programamos para quirófano.
Dos pacientes –una de ellas una mujer etíope- con enormes tumoraciones abdominales que parecen hidatidosis también entran en nuestra “lista de espera”. Programamos también varias hernias y bastantes cirugías menores.

Por desgracia, otros pacientes están muy enfermos, tienen VIH, Tuberculosis, sífilis… pero no podemos ofrecerles nada, les damos únicamente analgesia.
Vemos un preso que nos trae su impresionante radiografía: tiene una bala alojada en el maxilar izquierdo, con orificio de entrada por el malar derecho. Curioso pero inaccesible.

Aquí sería impensable abordar algo así, o un cáncer de estómago, o de esófago… No hay sangre, no hay medios. No venimos a eso.
A última hora hacemos una breve visita a las salas de los pacientes ingresados. Hay varios edificios: hombres, mujeres, niños, maternidad y aislamiento (que me dicen que es terrible), consultas, radiología e incluso una cantina (donde pronto aprendí que desconocen la bebida fría). Los pacientes están en “habitaciones” de 6, 4 o 2 , sin ventanas, tendidos sobre camastros de hierro oxidado con colchonetas de plástico. Tumbarse sobre ellas debe ser insoportable por eso la mayoría usan sus mantas para no rozar el plástico. Unas mosquiteras rotas cuelgan encima de cada camastro. En el suelo hay barreños de plástico propiedad de cada enfermo donde escupen o vomitan El calor es sofocante, no hay ventilación,hay cientos de moscas posadas encima de las heridas, además de mosquitos, arañas, chinches … las cabras pululan entre los edificios y su olor se mezcla y empeora si cabe aún más las cosas. Todo esto hace que las habitaciones sean nauseabundas.
Nadie limpia a los enfermos, el que no puede levantarse a hacer sus necesidades se lo hace encima. El calor y el hedor son insoportables. Conviven pacientes operados de hernia con enfermos terminales de SIDA, … Una vez al día les dan de comer el pourrage, pasta de maíz con agua. Los familiares se traen su propia “comida” (el que la tiene).

Las familias y algunos pacientes pasan la noche fuera de la habitación, echados sobre esteras de paja.
Acaba así nuestra primera jornada. De vuelta a casa hacemos una parada en el Naipa, un bar-supermercado cercano al hospital para tomar un refresco, si es que las moscas y los mosquitos nos dejan.

Volvemos en taxi porque a estas horas el calor es terrible. Sister Ivonne lo tiene todo listo, la mesa está puesta y la cena servida.
Mañana nos espera nuestro primer día de quirófano.

{mospagebreak heading=Intro&title=Tras el acuerdo comienza la Campana}

Tras el acuerdo comienza la Campaña

A primera hora nos reunimos con la plantilla del hospital (cirujano, ginecólogo y enfermeros). En seguida se ponen sobre la mesa los principales puntos a discutir, que se resumen en uno: dinero.
El jefe de cirugía quiere que los pacientes paguen una cantidad por ser operados. Parte de razón no le falta ya que aunque nosotros traemos todo el material, ciertos gastos se generan: agua, luz, comida de los pacientes ingresados. Pero no deja de ser chocante pensar que alguien que no tiene nada, que va descalzo y medio desnudo con una manta a cuadros y que vive en otro siglo, pueda costearse una operación (aunque tienen ganado y pueden venderlo según nos dicen) .
Finalmente se pactó que pagaríamos 1000 chelines kenianos por las cirugías mayores y 250 por las locales (unos 10 euros y 2,5 euros respectivamente).
El siguiente punto del orden del día es pactar los horarios, tras un breve tira y afloja acordamos trabajar todos los días de 8 a 5 sin parar a comer (ellos sí) incluyendo el sábado por la mañana. El Domingo y el día 1 de Mayo no podremos trabajar.

No está mal porque no están acostumbrados a trabajar tantas horas, su jornada habitual no debe ser más larga de 3-4 horas. Es difícil imaginar cómo puede prosperar un país con las escuelas vacias y las personas sin trabajar…
Hay que decir que la negociación ha sido un éxito en gran medida gracias a Elena que con manejó al cirujano jefe con mucha mano izquierda lo cual no está nada mal si tenemos en cuenta que aquí una mujer no está muy considerada y en este caso además es una mujer blanca, menudita contra un armario de 5 cuerpos o más.
El día transcurrió sin problemas. Fue maravilloso poder empezar a operar a los pacientes. Tuvimos un poco de todo: una mordedura de cocodrilo, dos hernias, varias personas con bultos en las orejas (por los pendientes) y en el pie (ésta estaba rellena de bolitas negras, como un kiwi), una herida en el muslo por metralla …
Con nuestra mejor voluntad y todo el conocimento del que disponemos fuimos tratando a cada uno de los pacientes. 

Sólo así podemos suplir la deficiencia del material, la poca luz que da la lámpara de quirófano, la mesa, el calor asfixiante, los insectos,…
No llego a saber qué les pasa a los turkana por la cabeza, miran muy fijo a los ojos pero apenas sonríen. Te podrías zambullir en su mirada, es amplia, profunda, proviene de muy adentro y parece traducir sobre todo tranquilidad y equilibrio, una aceptación serena de todo aquello que les rodea. Supongo que su modo de vida lo explica todo: son nómadas, pastores para los que su ganado es parte de su familia, con sus ritos ancestrales, su modo de vivir y de morir, su ausencia de calendarios, de luz, de agua corriente, sus cabañas de paja plantadas en medio del desértico paisaje… Con una esperanza de vida que ronda los 55 años, una mortalidad infantil muy elevada y azotados por numerosas enfermedades (hidatidosis, malaria, kala-azar,tuberculosis, sida…) afrontan su día a día con alegría, son duros, muy duros . Viven en otra época.

Nos avisan porque un niño grita en una de las habitaciones del edificio de los hombres, parece que le duele el abdomen.
Tiene tuberculosis lo mismo que sus compañeros de habitación, todos mayores que el. Además tiene sida y el cuello lleno de ganglios inflamados que apenas le dejan respirar.
Está tumbado en la cama hecho un ovillo, las moscas le tapan la cara. Gime de dolor. Huele a pis, a pis y a muerte.
Está sólo, su familia le ha abandonado y sólo las misioneras se ocupan de él y le traen leche a diario.

Apoderándose de nosotros un espíritu práctico, el horror deja paso a la realidad que no por ser tremenda ha de ser inamovible así que le pedimos a nuestro anestesista medicación intramuscular para el dolor, tan potente que un elefante (y cuanto más un niño de unos 10 años y unos 18 kilos de peso) quedaría en la gloria, sin dolor alguno.

Le dejamos al enfermero medicación de sobra para que el chaval no sufra.
El resto de sus compañeros, cadáveres vivientes nos miran implorando ayuda. Aquí no hay salida, no hay nada más que esperar la muerte. Ojala les llegue pronto.
Acabamos la jornada operando una hernia y a una pequeña con una gran quemadura en el cuello. Es preciosa, se cubre totalmente con una mantita negra mugrienta tapando la zona quemada, como avergonzada de lo que tiene.

Cuando la ponemos sobre la mesa ya anestesiada, vamos limpiando y retirando toda la piel muerta. Causa pavor ver cómo su pequeño cuerpecito está cubierto de heridas, probablemente sarna. El resto son cicatrices de cortes realizados por los curanderos.
Es una práctica habitual aquí , la he visto en muchos de ellos. El objeto es “sacar el dolor, los espíritus”, aunque también lo hacen por estética (son muy presumidos) y por identificarse como grupo, de hecho marcan a su ganado de la misma forma.
El caso es que la niñita quedó estupenda tras la cura. Lo malo es que durante la cura se mojó su falda con el desinfectante, como no tenía más ropa su madre la envolvió con su mantita .

La seguiremos viendo todos los días para curarle y que la herida cicatrice bien.
Finalizamos el día con media hora de retraso sobre lo pactado pero ha reinado un gran espíritu de trabajo y colaboración.
Antes de irnos visitamos a los pacientes que se operan mañana y echamos un último vistazo al muchacho que duerme plácidamente. Me voy feliz.

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La cooperación

Charlamos tras la cena acerca de la cooperación. Me explican cómo comenzaron las campañas aquí, la situación sería la siguiente: estamos en el Distrito Turkana, aquí viven los turkana, una de las más de 60 tribus que hay en Kenia. Esta es una zona asilada del resto del país tanto por la geografía como por la ausencia de una red de carreteras. Además el agua escasea de forma importante. La Iglesia Católica con el Obispo de Lodwar a la cabeza lleva a cabo un gran número de proyectos en la zona. Se apoya para ello en curas misioneros de la Comunidad Misionera de San Pablo apóstol, fundada hace años por un sacerdote español.
Por otra parte, una ONG española, Nuevos Caminos, consigue fondos para estos proyectos. Hace ya unos años (en 2004) y a través de unas oftalmólogas que venían a Lodwar , Pablo, un sacerdote médico español les pidió ayuda; hacían falta cirujanos no para el Hospital que ellos tienen al Norte, en Kakuma, sino para el hospital público de Lodwar que lo estaba en una situación muy precaria.

Pablo es el encargado de la sanidad, cuentan además del hospital de Kakuma, con varios dispensarios y un coche como unidad móvil. Siguen así a nuestros pacientes cuando nosotros nos vamos.
Al norte queda la misión de Nariokotome, al lado del río del mismo nombre. Me cuentan que es un lugar precioso, muy verde y que desde allí a algo más de una hora está Etiopía que también es maravillosa.

Les propongo conseguir financiación para acondicionar al menos el quirófano, lo mismo que han hecho las oftalmólogas con su pabellón , que ha quedado estupendo.
Habrá que estudirlo despacio.
Hay tanto por hacer…

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Niños enfermos

A primera hora visitamos a los pacientes operados ayer.
Hoy el quirófano también es muy variado: empezamos con un par de pacientes con bultos en las orejas (que quieren quitarse por coquetería) , continuamos con la cirugía mayor: intervenimos a la jovencita del tumor en el cuello. Desde el principio es una lucha contracorriente: una enorme tumoración que vamos disecando pacientemente aunque las moscas posándose alrededor, la luz inexistente y el aspirador estropeado no ayudan mucho. Tampoco el bisturí eléctrico que esta mañana ha decidido no funcionar. Sólo contamos con la luz del sol que entra por la ventana y que además de alumbrar nos calienta el cogote a unos 40º.
Mientras estamos con la chica traen una cesárea urgente. David ayuda al ginecólogo. Oímos llorar al bebé. Otra vida llega al infierno.

Al avanzar la disección comprobamos que la masa afecta a los grandes vasos del cuello y que se mete en el tórax, así que tenemos que desistir. Es demasiado peligroso.
Nos avisan por un bebé de 5 días con una infección abdominal, nació prematuro y con un defecto en la pared de su abdomen (onfalocele) por el que se sale su intestino. Cuando vamos a verle encontramos una minimez envuelta en un pañuelo de colores con una enorme tumoración verdosa protruyendo de su ombligo. Está llorando. Se llama Ekiru

Llevamos al bebé a quirófano, su madre me lo entrega y yo nunca olvidaré su mirada. Creo que me quiso decir que me entregaba algo muy preciado y que confiaba en mí.
A pesar de las dificultades nuestro querido Jose se hizo con la situación, una vez más demostró su gran profesionalidad y afrontó el difícil momento con tranquilidad aunque apenas tenía material para intubar a alguien tan prematuro. La cirugía va bien, no le tenemos que extirpar intestino.
Cuando acabamos se lo entrego a su madre. No sonríe, no dice nada. 

No entiendo y le pregunto a Steven,nuestro maravilloso traductor turkana, porqué son tan inexpresivos, porqué no sonríen ni dan las gracias. Me dice que tienen miedo, están asustados, nadie hace nunca nada por ellos y no están acostumbrados a dar las gracias, no lo necesitan.
Me cuenta que adoran a sus hijos y que confían en nosotros por eso cada día vienen en un goteo incesante buscando una solución a sus enfermedades.
Acabamos el día operando a una niñita de 7 años que hace unos 7 meses se fracturó el peroné. Viene caminando de la mano de su papá, el hueso asoma a través de la piel de su pequeño tobillo. Por la mañana ya la habíamos visto en consulta y lloró desconsolada cuando le levantamos el maloliente vendaje . Un chupachús alivió un poco su llanto y la consoló.Benditas chuches ¡

Por la tarde, adelantándonos a los aconteciemientos le damos un paquete de galletas antes de hacerle nada. Jose le pone ketamina, la anestesia del tercer mundo, y ella se queda tranquila, aferrada a su paquete de galletas mientra le quitamos el trozo de hueso. Queda perfecto y limpio.
A los pocos minutos llega un niñito que se ha caído de un árbol. Tiene una fractura luxación de la cabeza del húmero. Ayudamos al fisioterapeuta a “reducirla”. La anestesia de Jose es una vez más la pieza clave. Todo lo que hacemos gracias a él y por fortuna para los pacientes es sin dolor, eso y nuestra actuación que pretende ser lo menos agresiva y lo más resolutiva posible es todo lo que podemos ofrecerles. Y es que aquí no hay más medios.
Un aborto incompleto alarga de forma inesperada nuestra jornada. Hacemos de tripas corazón ya que hoy todos estamos exhaustos. La “dieta del sandwich” no contribuye a que andemos sobrados de energía y es que cada día sister Ivonne nos hace llegar dos cestas, una con sandwiches y la otra con fruta. Ella lo prepara para 6 pero somos tantos en quirófano que no tocamos a gran cosa. 

El legrado se retrasa porque antes hay que quitarle a la paciente (que es casi una niña) los numerosos collares que lleva. Hay que cortar con tijeras el alambre que los engarza. Les dan aceite para que brillen y así los colores blanco, verde, rojo, amarillo, negro y azul resaltan más.
Antes de irnos hacemos una visita rápida a los pacientes, sobre todo a la chica del tumor y al bebé. Están bien, estupendo. El día ha merecido la pena.
El olor de las cabras me resulta insoportable . Hoy hay bastantes pululando entre los edificios donde están los pacientes…

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La consulta

Por la noche duermo mal, se me pasan las horas dando vueltas, con un tremendo calor, reviviendo las imágenes del día. El ventilador apenas ayuda, estoy bañada en sudor.
Por la mañana nos cuentan que hay un brote de cólera que trae de cabeza a los responsables de la ciudad. Han cerrado “hoteles” y “restaurantes” (lo entrecomillo porque cuando los has visto nunca los definirías como tales).

Como cada mañana bajamos caminando al hospital, a estas horas el sol aún nos lo permite, queda a unos 10 minutos. Comenzamos la visita, hoy podremos dar algún alta. Esta parte es importante porque hay que tener en cuenta que los pacientes viven a muchos km del hospital. Son devueltos a casa cuando un camión viene a recogerles, los que viven cerca se irán caminando aunque ojo, que caminar unos 15 km tras ser intervenido de hernia es duro. Por eso las altas se retrasan hasta que pueden irse de una u otra forma.

Afortunadamente el niño que gemía de dolor ha muerto por la noche. Su cuerpo yace en el camastro envuelto en una sábana tan sucia como su cuerpo. Qué alivio ¡
Ekiru, nuestro pequeño bebé está bien, la chica también.
Hoy la consulta está de lo más intensa: vemos una chica con sífilis, otra llena de fístulas en los glúteos (parece un Madura), es terrible, tiene multitud de orificios por los que drena pus. Apenas puede sentarse. Es grotesco.

El Madura es una enfermedad típica aquí, generalmente afecta a los pies (Madura Foot) puede estar causada por un hongo o una bacteria , en condiciones de suciedad. Precisa de tratamientos largos, 6 meses. Si no afecta al hueso puede curarse.
Vemos luego otro paciente, un cadáver de 27 años con sida y condilomas en pene y ano. ¿pero cúanta gente queda libre aquí del sida?. No le podemos ofrecer más que analgesia y enviarle al médico internista.

Un hombre de unos 50 años viene con unas radiografías que le han hecho , tiene cáncer de esófago. No puede operarse aquí ni tiene dinero para ir al hospital. No lo entiende, nos mira desesperado. No puede tragar.
Rematamos la mañana con una mujer de 32 años aunque aparenta 82. Es muy menuda. Cuenta que desde 1985 tiene “algo” en la pelvis. Cuando se levanta la falda veo dos piernas, una que abulta lo que una vara de bambú y la otra una monstruosidad edematosa, acompaña esto de una gigantesca masa cerebroide y ulcerada que sale de su vagina. Supura y sangra. Esto empieza a parecerse al vídeo de los muertos vivientes de Michael Jackson. Decidimos conjuntamente con el ginecólogo hacer una biopsia de la masa. No tendrá que pagar, Flying Doctors llevará la muestra a Naiorobi y Amref correrá con los gastos.
Ya en quirófano operamos una turkana de 50 años con bocio, le quitamos el lóbulo derecho.

Mientras tanto surge una cesárea urgente. Una guapísima y joven turkana no puede dar a luz por el gran tamaño del bebé. El médico internista y David hacen la cesárea en el cuarto de curas. Nace una pequeñaza muy llorona. La matrona la envuelve en un trapo sucio y se la lleva a la báscula que hay a la entrada del “quirófano”. Pesa 4,5 kg.

Allí la deja solita, otra matrona va a venir a recogerla. Como no viene me acerco y le tapo la cabeza con otro trapo que se va a enfriar y le digo al oido: “espabila guapa, que menudo sitio has ido a elegir para nacer”.

Acompaño a Steven a la farmacia a comprar los antibióticos para la chica del madura. El abuelo de la niña del peroné nos saluda, está sentado a la salida del hospital.
De camino a la farmacia puedo ver algo más de Lodwar: En una palabra: que horror!, es una ciudad sucia, pobre, inmunda.

De vuelta en la consulta le explicamos a la chica y a su acompañante cómo debe tomarse la medicación y que debe hacerlo durante 6 meses. El compañero de la chica me da las gracias! No se si lo hace muy cuerdo porque huele terriblemente a alcohol pero me ha enternecido.
Antes de irnos nos pasamos a ver a la paciente del bocio y a Ekiru (o Pepillo, como nosotros le hemos puesto), nuestro niñito está tomando su teta tan a gusto. Acaba de ingresar una niña de unos 10 meses muy regordeta, la pobrecita no para de llorar y no hay manera de cogerle una vía, está muy sudorosa. Tiene malaria.
Al volver a por los demás veo a una joven que grita y se arrodilla llorando, no sabemos qué pasa hasta que detrás de ella aparecen otras dos mujeres. Una lleva en brazos un bulto envuelto en un pañuelo de colores, la otra un barreño con un bidón de plástico.

Es su hijo. Ha muerto. Se van a casa y se llevan todo, el niño y sus escasas pertenencias. Así de simple. Así de duro.
Hoy al salir del hospital cambiamos de sitio, vamos a ir a un bar donde la Tusker (la cerveza del elefante) está supuestamente “helada”. Caminamos durante bastante rato, lo suficiente para confirmar lo que esta “ciudad” es: un lugar horroroso, donde las calles no son tales, son caminos polvorientos llenos de socavones que cuando llueve se convierten en barrizales intransitables. Al paso de los coches (muy escasos por otra parte) se levantan nubes de polvo que hacen que apenas se pueda respirar.

Hay basura amontonada por todas partes , encima de cada montón los niños, semidesnudos y descalzos juegan mientras cabras, perros y gallinas hurgan en busca de comida.
La mezcla de olores, el calor, las moscas, la visión de la miseria, componen un cuadro surrealista.
Es una ciudad de zombis, tiene unos 100.000 habitantes, gente que vive hacinada en casas mugrientas, con “tiendas” más mugrientas aún donde se apilan mercancías de dudosa calidad. Me da la impresión de que son mucho más afortunados los turkana que viven en sus poblados a pesar de todas sus limitaciones.
No me siento cómoda durante el paseo, tengo miedo. No me gusta esta sensación. Llegamos por fín al bar de la cerveza “helada” y tras comprobar que no era para tanto volvemos a casa en taxi. Estoy muerta.

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Los peligros de esta tierra

Tras la cena – hamburguesas, zanahorias hervidas, maiz, patatas fritas y macedonia -que me parece suculenta porque estaba hambrienta, charlamos en el porche a oscuras ya que como es habitual la luz se ha ido.
De repente aparece una señora mayor, es sister Catherine, una de las misioneras-enfermeras que viven en la casa contigua a la nuestra. Está muy nerviosa, nos dice que a su compañera le ha picado una araña y necesita ayuda. Se van todos menos yo que estoy hablado con mi hijita por teléfono. Estoy agotada. Mañana más.

Tumbada en la cama doy gracias por no tener que morir a los 45 años, por poder tratar mis enfermedades, por no ver a mis hijos morir de una infección,…
Por la mañana me cuentan que atendieron a la misionesra, sister Rosetta y además a un niño de dos años al que le había picado una escorpión. El niño estaba bien, la misionera peor pero había respondido bien a la medicación.

Cuando me levanto ya llevo rato pensando en algo que vi ayer y no me gustó: Pepillo estaba muy sucio, con restos de sangre reseca en la cabeza de la vía que le pusieron, las moscas revoloteaban a su alrededor aunque su madre le cubría con su kanga (pañuelo de colores) y con la mosquitera. Además como no usan pañales cada vez que comen se ensucian y no les lavan mucho. Así que está decidido: hoy voy a bañarle.
Antes de salir hacia el hospital hacemos una visita a la hermana Rosetta a la que ayer picó la “hunting spider” que por lo visto es como se llama el dichoso animalito.
A mí me parece que está fatal, ya no tiene espasmos pero sí deshidratación. Es mayor y muy delgada y eso no contribuye a que la respuesta frente al veneno sea buena, apenas tiene defensas. Su voz se oye en un hilito. Le ponemos sueros y más medicación. Esta tarde volveremos.
Ella y la hermana Catherine son irlandesas, de Cork y llevan 34 años aquí.

Sin pretender ser exagerada me parece que esto es peligroso. Escorpiones, arañas, serpientes, madura foot… y si nada de eso te ataca aún nos queda la tuberculosis, el sida, la sífilis, el cólera,…

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Las madres turkana

La niña del cuello quemado y la del peroné ya nos están esperando cuando llegamos. Aparte del hecho de su chuche diaria, ya confían en nosotros plenamente, saben que la cura no les dolerá y se dejan curar. Sonríen. Menudo comienzo de día tan bueno ¡!
En quirófano nos esperan como cada día los 33º implacables, a pesar del aparato de “aire acondicionado” que hay, fuera son 37-40º.
Baño al bebé con una de nuestras esponjas de quirófano, tras el baño un cepillado y queda hecho un dandy, le dejo bien bonitos los ricitos del cogote. Ya está listo para volver con mami.

A primera hora operamos a una de las mujeres con quiste hidatídico que habíamos visto en consulta un par de días antes. Tiene 32 años y se le palpa una gran masa en el bajo vientre. El quiste es enorme, se localiza entre útero y vejiga. Ayudo al ginecólogo, no tiene apenas experiencia porque apenas hace unos meses que terminó su formación pero pone mucho interés, da gusto enseñarle, es un buen alumno. Se llama Mutinda Jackson y es bantú (como los de la familia de las cartas!).
El pediatra responsable de Pepillo se acerca a quirófano a decirnos que la madre está muy contenta. Ya me dí cuenta ayer cuando al vernos esbozó una tímida sonrisa.

Salimos a decirle al enfermero responsable del próximo paciente (otra hidatidosis) que no coma. Menuda cosa ¡ a juzgar por lo que comen …A los pacientes les dan de comer una vez al día, a los familiares no. Es la hora del almuerzo y el que tiene, come. Veo algunos que tienen cuencos donde flotan 2-3 frijoles en un líquido sucio. Un niño de apenas 1 año come desnudo al lado de su madre, ésta le ha puesto unos cuantos frijoles en una taza. Una nube de moscas se posan en su cara y en su comida. Está guarrísimo.

Nunca he visto a una mujer turkana besar a su hijo. Interrogo a Steven: me explica que no saben lo que eso significa así que no lo hacen. Su manera de mostrarles afectividad es llevándoles encima en un pañuelo (en turkana se dice anapet, en swahili Kanga)
que atan a su cuerpo. También les cantan canciones.
Las mujeres se van de casa para casarse muy jovencitas, en la ciudad a los 17-18 años, en los poblados antes a los 14 años, en cuanto alguien paga la dote por ellas . Los hombres pueden tener varias esposas, los ricos hasta 6 o más.

Tras un refresco en el Naipa como cada tarde, volvemos a casa. Cada día se nota más el cansancio acumulado, las noches de poco descanso por el calor y la energía justa porque la comida tampoco abunda (se nota la ausencia de sister Ivonne que está en Nairobi en una reunión). Mañana es sábado y sólo operaremos por la mañana.
El Domingo vendrá un camión con pacientes que nos envían desde Nariokotome y otras polaciones, les veremos el lunes.

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La simbología turkana

A las 5.30 am golpean la puerta de la nuestra habitación , Elena abre, una mujer pide ayuda. Es sister Catherine, nos dice que sister Rosetta está muy mal .
Nos vestimos y salimos pitando con Jose hasta su casa. Cuando llegamos está en su cama, con aspecto plácido, dormida.
Ha muerto.
Desde la ventana de casa veo a los turkana de un lado para otro, tienen un porte muy distinguido, son esbeltos. Caminan con la cabeza muy erguida, sobre todo las mujeres. Supongo que el gran número de collares que rodean su cuello contribuye a estilizar su figura.

Son inconfundibles con la manta a cuadros anudada en un hombro que cae hasta las rodillas, el torso desnudo, las piernas larguísimas. Las mujeres llevan una falda hecha con piel de cabra y adornan su cintura con cinturones de bolitas , en las orejas llevan multitud de pendientes en forma de aroy en los brazos pulseras de colores. Los hombres llevan un palo de madera y un ingenioso artilugio también de madera llamado Ekicholo que sirve a la vez de silla y de almohada. Además en la muñeca llevan una pulsera-cuchillo de metal que les sirve para desollar animales y si es preciso pa ra defenderse…En la piel se hacen marcas cada una con un significado particular.

Hombres, mujeres y niños llevan el pelo rapado formando diferentes dibujos que traducen a qué grupo pertenecen dentro de los turkana. Las marcas les identifican y del mismo modo marcan a sus animales. La simbiología turkana es muy rica. Cada marca tiene un significado y así es como los turkana crean su propia identidad y la de sus animales . Muchos hombres adornan además su cabeza con una pasta sobre la que colocan una pluma.
La marca, y no la delimitación territorial es los más importante en la sociedad turkana.

Interrogo a Steven: la mayoría de los turkana viven en el campo y en la montaña. Comen carne, beben leche y sangre. Son nómadas, se mueven en grupo por seguridad ya que tienen muchos enemigos porque las tribus están enfrentadas.

Me cuenta que contactan con ellos y les explican que pueden venir al hospital a operarse, les dan vacunas, hacen prevención de la natalidad, etc
Hay un consejo de ancianos que decide cúando moverse, mandan entonces a los más jóvenes a ver dónde hay pastos y … se van.

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Cólera

Hoy operaremos una hidatidosis peritonal tremenda. Muchos de los turkana tienen quistes hidatídicos en hígado, bazo, … de hecho es el segundo lugar del mundo con más casos de esta patología.
Antes de quirófano pasamos visita. En la sala de mujeres, en uno de los camastros hay un bulto tapado por una manta y con un millón de moscas posadas en él. Es una mujer que murió anoche a las 9 pm ¡!, están esperando a que venga su familia a llevársela.

Como es lógico sus compañeras de habitación han dejado sus camas y esperan fuera, sólo queda nuestra paciente de la hidatidosis pélvica, la pobre está recién operada y no puede salir para tenderse en el suelo como las demás porque aún tiene bastante dolor y muy pocas fuerzas.
Me cuentan que cuando alguien muere le tienen que enterrar en su casa. Eso supone a veces 1 mes o más de viaje con el muerto a cuestas y además éste tiene que “dormir” una noche en su casa el día antes de enterrarlo. Por lo visto pueden enterrar los muertos en cualquier sitio, con o sin ataúd.
El cólera sigue progresando, ya hay 5 afectados, uno de ellos ha muerto hoy en nuestro hospital. Todos bebieron agua de un río cercano a su poblado. “Hoteles” y “restaurantes” siguen cerrados.

Entre el vibrio y la araña nos están dando un viajecito que vaya vaya…
Nada más llegar al hospital compruebo que Pepillo sigue bien. Hacemos lo primero las curas de las niñas que nos esperan ya.
El que está peor es un niñito que atendimos ayer con las dos piernas y el pene quemados. Tiene unos 5 años. Tuvimos que anestesiarle con ketamina para poder curar sus terribles quemaduras. Lloraba sin soltar eso sí su paquete de galletas. Quedó muy bien, lo malo es que cuando nos vayamos no sabemos cómo cuidarán sus heridas y si se infectan puede morir.

Un ratoncillo cruza corriendo desde el “quirófano” hasta la “sala de curas”, sale pitando por debajo de la puerta. A estas alturas ya me parece hasta simpática la anécdota…

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El Lago Turkana

Hoy es Domingo, iremos de excursión a Ille Spring, a orillas del lago Turkana. Pero antes hacemos una parada en la Catedral para ver lo cómo celebran aquí la misa porque por lo que me dicen merece la pena verlo.
Y no les falta razón, es una ceremonia colorista, con música en vivo, con bailes y cientos de fieles que abarrotan el recinto mientras su Dios negro, el Dios Turkana, les contempla desde su cruz. Hoy Lodwar no me parece el mismo lugar tétrico, hoy es un sitio maravilloso lleno de luz, de música y de color.
Antes de salir hacemos una breve visita a los pacientes. Otro niño sale en brazos de su madre envuelto en el anapet. La mujer tiene la mirada vidriosa. El niño vuelve a casa, es su último viaje.

Salimos hacia el lago, a unos 60 Km , a 1 hora y ¾ en coche por caminos de tierra.
El paisaje es uniforme, árido, con matorrales dispersos y acacias.Es fácil entender porqué las condiciones de vida aquí son extremas. Vemos pastores turkana con sus cabras, su figura a lo lejos es inconfundible. Al acercarnos al lago comienzo a ver enormes termiteros, palmeras y manyattas.
Hay multitud de pájaros de colores preciosos, camellos, burros, cabras.

Hace tanto calor que nadie duda en darse un baño. El fondo es de fango y el agua está tórrida, montones de niños nos acompañan durante el baño.
Nos invitan a una “barbacoa” en la playa (el mundo es un pañuelo y nos encontramos con el director médico del hospital que está pasando el día con unos amigos). Matan una cabra de una certera cuchillada y mientras unos preparan el fuego y las hojas de palma sobre las que asarán al animal otros comienzan a desollarla. Nada se desperdicia, estómago e intestinos se “limpian” con agua y se rellenan con sangre y el resto de las vísceras. Cortésmente rechazamos la invitación para comer cabra y nos adentramos entre las palmeras para ir de compras al “mercadillo” del lago. Y es que en cuanto nos vieron llegar comenzaron a llegar mujeres y niñas turkana que en cuestión de segundos tenían sus mercancías perfectamente ordenadas sobre la arena y listas para vender. Compro un cuchillo-pulsera , un ekicholo, un cesto y algunos collares.

De vuelta a Lodwar nos acompaña una turkana y su bebé de 7 meses. Lo lleva colgando al estilo de aquí, como si fuera un canguro. El bebé sestea a ratos y de vez en cuando le da una chupadita a la teta de su madre.
Y es que la mujer turkana es en esencia un regazo, un tranquilo regazo en el que los bebés turkana crecen felices antes de enfrentarse a la cruda realidad.
El camino de vuelta a pesar de los baches es magnífico, está atardeciendo, el cielo brilla azulísimo y reina una absoluta tranquilidad.
Africa nos muestra su cara más dulce, aquella que la hace mágica…

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Una oportunidad gracias a la generosidad de otros

A la mañana siguiente, camino del hospital hacemos una parada en la fábrica de mimbre que la diócesis tiene no muy lejos de nuestra casa. En ella emplean a mujeres maltratadas que trabajan elaborando cestas y otras manualidades.
En el hospital vemos una mujer con cáncer de esófago inoperable. Apenas puede respirar ni tragar. Una vez más debemos asumir que no podemos hacer nada por ella, sólo aliviar su dolor.

Intentamos gestionar el traslado de la chica del tumor a un hospital con medios para ver si allí pueden hacer algo por ella. Hoy le damos el alta y Steven acompaña a la chica y a su madre a casa para luego poder localizarlas en cuanto esté arreglado lo del hospital. Estoy segura de que todas las personas que han contribuído económicamente con nosotros y han hecho así posible esta campaña estarán encantadas de saber que si esta chica tiene una oportunidad será gracia a ellos.
A primera hora baño a Ekiru. Es una manera formidable de empezar el día y también en cierto modo me quita la morriña de no bañar a mis propios hijos. Les echo de menos.

Oigo a un niño berrear a la entrada de quirófano. Un enfermero le está haciendo la circuncisión (sin anestesia). Aquí tanto la circuncisión como la ablación del clítoris en las niñas son prácticas comunes…
Amputamos un pie a un hombre turkana aquejado de Madura Foot. Es un pie deforme, enorme, que apenas le deja caminar y le duele, le afecta al hueso. Siente gran alivio cuando ve que ya no lo tiene. Las moscas han estado especialmente molestas durante la intervención. Hemos ido muy despacio, el material es poco adecuado, no hay disectores, el bisturí eléctrico funciona a ratos…

Entre quirófano y quirófano atendemos la consulta y a los pacientes ingresados. A día de hoy ya no siento temor de ir sola de un sitio a otro del hospital, todo lo contrario. La gente nos saluda, incluso nos sonríen. Es un gran regalo la sonrisa de un turkana y su mirada de agradecimiento. Lo que aún no logro superar es el hedor, la suciedad y las moscas que hay en las salas. Es inhumano, por eso valoro especialmente la labor de la enfermería. No debe ser fácil trabajar con tan pocos medios, con tanta patología y en un entorno tan espantoso. Es encomiable.

Hago mi segunda anestesia raquídea. Jose es un buen maestro y yo aprovecho para aprender cualquier cosa que me pueda ser útil en un sitio como éste.
Tras otra larga jornada volvemos a casa. Cada día más cansados, cada día más satisfechos porque aunque como dice Elena “no podemos cambiar Africa, no podemos cambiar Kenia, no podemos cambiar Lodwar, no podemos cambiar nada-de-nada, simplemente con que hayamos podido ayudar en algo a los 200 pacientes a los que hemos atendido durante esta campaña habrá sido suficiente”.

A David y a Carmen les ha picado una mosca Nairobi, que deja en la piel una quemadura pero no tiene mayor importancia, Elena tiene la espalda llena de picaduras de chinches que debía haber en el pijama de quirófano que se puso hoy

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Kaliokol

Hoy es 1º de Mayo y por supuesto aquí es fiesta. No podemos trabajar así que vamos al hospital a pasar visita pero no podemos operar.
Hemos dado bastantes altas ya que el camión que nos trajo pacientes nuevos el Domingo desde poblaciones al Norte (Nariokotome, Kaliokol, Etiopía, Lokitaung, Kakuma,..) vuelve hoy hacia allí cargado con los pacientes ya operados.Van hacinados detrás, no cabe un alfiler. A juzgar por el estado de las carreteras el viaje será movidito, confío en que a todos les hayan dado sus analgésicos.
Hoy vamos de excursión a Kaliokol, también a orillas del lago turkana.

La carreetra es mejor que la de Ille Spring así que el viaje es más corto. Pagamos por visitar el Parque Nacional. Alquilamos una barca (muy cómoda y nuevecita) para visitar la isla Ferguson, pero antes de salir paramos en un lodge que anuncia nuestra guía donde hacen comidas por encargo. Estamos de suerte, está abierto y encargamos la comida, plato único para todos: arroz y pescado (10 euros y somos 9 personas ¡). El dueño va a salir a pescar y nos espera en dos horas.
Vamos en la barca hasta Central Island, tras 1 hora de navegación por las tranquilas aguas del lago desembarcamos en la playa. El sol luce espléndido, subimos hacia la montaña volcánica. A pleno sol y con la poca energía de que disponemos el camino cuesta arriba se hace arduo. La primera parada es un cráter, allí vemos un cocodrilo nadando. El sitio por lo visto está muy concurrido por enormes cocodrilos…

En el segundo cráter hay flamencos pero no seguimos a pie porque el calor aprieta de lo lindo. Volvemos a la barca y rodearemos la isla hasta llegar a él. Yo me perdono los flamencos y me quedo de charla en la playa con el barquero. En la orilla un grupo de ibis busca comida. A unos 20 metros de nosotros, en el agua, veo pasar un par de ojos. Es un cocodrilo ¡. Le pregunto al barquero si no es peligroso estar tan cerca. Me asegura que no aunque yo por si acaso no le quito ojo al animalito.

Tras el paseo por la isla volvemos a la costa. La comida está lista. Estamos hambrientos. La tilapia (pez del lago) está deliciosa, la acompañamos de arroz blanco, salsa de tomate casera y unas pitas recién hechas.

Sopla brisa, el sitio es una delicia, hace años funcionaba como hotel ahora sólo es restaurante.
A la salida un grupo de mujeres nos han improvisado un mercadillo en la playa y nos esperan ansiosas.
Los niños comienzan a llegar, se ven mugrientos, con los dientes marrones. Sonríen, se les ve felices. Y es que imagino que aquí, a orillas del lago la vida debe ser algo más fácil, hay más comida aunque se les ve famélicos.

Como no nos hemos comido los sándwiches que nos había preparado sister Ivonne, improvisamos una fila y vamos repartiéndolos entre los chavales.
Por la tarde, de vuelta en casa nos enteramos de que el Domingo al anochecer hubo un tiroteo en un poblado turkana , al sur de Lodwar. Un enfrentamiento a tiros por el ganado entre dos tribus rivales, Turkanas y Pokots. Han muerto 17 personas y hay bastantes heridos, sobre todos mujeres y niños. Nos lo cuenta Carlos, un cura argentino que ha estado ayudando a recoger cadáveres. Nos relata impresionado cómo vió una madre turkana con su hijo de 2 años muerto en brazos. El niño recibió el disparo éste le atravesó y la bala fue a alojarse en el brazo de su madre que salvó así su vida.
Creemos que los heridos serán trasladados al hospital.

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Shoot Satan

Cuando llegamos al hospital una anciana turkana llora desconsolada. El hombre que barre el suelo en el hospital y que es sordomudo se acerca a nosotros y nos resume lo que ha pasado escribiendo con un palo en el suelo: “shoot satan”.
Lo primero que hacemos es llevarle las muletas que le habíamos encargado al hombre amputado del madura foot. Son muy pesadas pero mejor que nada…
No hay luz ni agua. Empezamos mal el día.

Y la cosa no hace más que empeorar. Pepillo, que se había ido de alta el sábado por la tarde (a instancias de la enfermera ) vuelve a ingresar. Le trae su madre llorando desconsolado. Tiene mal aspecto, a la exploración un testículo es muy doloroso. Le operamos y encontramos una hernia inguinal pero no mucho más. Al finalizar se lo entrego a su madre y le explico la gravedad de la situación.
Poco tiempo hay para pensarlo, nos meten prisa porque vienen los heridos de bala y por si fuera poco nos avisan de que también traen a los heridos de un accidente de autobús que ha ocurrido camino de Kakuma.

Los heridos han ido llegando desde el poblado que queda lejos, al sur, les han traído durante la noche.
El primero que vemos es un niño de unos 6 años. Le alcanzaron en un pie y lo tiene destrozado. No para de llorar. Su padre le agarra la mano. No hay palabras para expresar tanto dolor. Es injusto. Este niño nunca tendrá ya una vida normal, las balas que han empleado son explosivas, causan un daño terrible al atravesar los tejidos. Seguramente habrá que amputarle el pie si es que sobrevive aunque hoy solo le hacemos una cura.
La segunda persona que atendemos es la madre que llevaba el niño en brazos. Tiene un disparo en el brazo derecho y no lo mueve, está destrozado. Tiene otro disparo menos grave en el muslo aunque la herida tiene mal olor, ya está infectada.La mujer mira hacia el techo, no habla, no llora, no nos ve … no está.
No nos queda más remedio que amputarle el brazo desarticulándoselo del hombro. Terrible. Llevaba desde ayer con este dolor ¡!! Me refiero al dolor físico porque el otro no puedo ni imaginármelo …

El siguiente es un niño de unos 3 años con un disparo que afortunadamente sólo le ha rozado la cara. Su padre está sentado en el suelo con la mirada perdida.
A continuación nos traen a una anciana con un disparo en el brazo, a la altura del codo. Lo tiene abierto como un libro, se ven los huesos, músculos y tendones. Tiene fractura de radio y cúbito abierta pero es afortunada, lo mueve, no habrá que amputárselo. Le hacemos la cura del brazo.
Llegan otros dos hombres con disparos, uno en la pantorrilla y el otro en el muslo. El cirujano jefe está empeñado en sacarles las balas para saber la procedencia de las armas, le presiona la policía que espera a las puertas del quirófano. Como sabemos que va a ser muy difícil le convencemos para que lo intente con el hombre de la herida en la pantorrilla para evitar que haga mucho destrozo. Tras un buen rato buscando la bala desiste.
El ambiente está muy enrarecido, la gente se agrupa, se miran unos a otros, en el aire flota nerviosismo, desesperación, dolor. A media mañana estamos exhaustos. Esto es una carnicería.

Pero como todo lo que puede empeorar empeora, así ocurre.
Nos avisan porque Ekiru ha muerto.
Voy en busca de la madre pero ya se lo han llevado. Cuando voy de regreso a quirófano me cruzo con la madre de la niña del cuello quemado. Me sonríe. Esa sonrisa es lo mejor que me ha pasado hoy. La niña come feliz a su lado.
Recuerdo entonces las palabras de Elena: “esto es Africa, no podemos cambiar nada. Aquellos a los que podamos ayudar serán afortunados”… trago saliva para intentar dehacer el nudo que me atenaza la garganta.
Nuestro siguiente caso casi deja pequeños a los anteriores. Nos traen una niña de unos 14 años con el pie envuelto en una bolsa de plástico negra.Nos cuentan que hace 10 días le picó una serpiente y el curandero intentó tratarla con sus remedios. En vista de que no mejoraba la trajeron al hospital y como tras varios días en la sala tampoco iba “bien” nos la llevaron a quirófano. Cuando quitamos la bolsa la niña miró su pierna, no me explico cómo tuvo el valor de no gritar al ver aquel horror: la piel con los dedos colgaban por un lado y por el otro sólo quedaban los huesos y algunos tendones , el veneno se había comido el resto . Huele fatal y le duele much la pierna.

Esto es la gota que colma el vaso. Menudo día. Otra amputación.
Nada más empezar la intervención se va la luz. Tenemos que esperar unos 50 minutos a que vuelva. El calor es insoportable.
El día ha sido intenso, duro, agotador y eso que ninguno hemos tenido ni un solo momento para poder reflexionar acerca de lo que estaba ocurriendo a nuestro alrededor. Cuando hay tanta desgracia y dolor sólo da tiempo a ir abordando los problemas según llegan, atiendes a los vivos y te olvidas de los muertos.
Otra cosa será cuando todo este horror se muestre en nuestros recuerdos…

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Vuelta a casa

Por la mañana de camino al hospital la calle está abarrotada de gente, sobre todo mujeres. Y es porque hoy es jueves, el día en que se reparte comida en unos de los edificios del gobierno. A juzgar por el gentío que hay debe ser un cocinero excelente…
Una marea multicolor de madres vistiendo sus kangas de vivos colores, acarreandoa a sus bebés con paños del mismo color.
Qué tranquilos son los niños de aquí,, pueden estar horas en el regazo de su madre sin rechistar ¡

Acompaño a mis compañeros hasta el hospital. Es el último día de trabajo, ellos mañana salen hacia Nariokotome a visitar la misión.
Monto en la avioneta que me llevará a Nairobi.
Un niño de unos 7 años me observa desde la pista. Está descalzo. Está cubierto de mugre. Aunque sólo nos separan unos metros sientocomo si no fuéramos del mismo planeta.

Vuelvo a casa. A un lugar con muchas cosas malas y otras buenas pero donde – la mayoría de las veces – los niños son eso, niños.
Y vuelvo con la inmensa tristeza de saber que aquí, en este recóndito lugar del mundo, no hay infancia.

Madrid, 10 de Junio de 2007

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