Vacuna contra el papiloma virus humano y cáncer de cuello de útero: la perspectiva de alguien que ha padecido la enfermedad

7/12/2007

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Noviembre 2007

Autora: Mª Carmen Jiménez del Castillo
Título: Licenciada en sociología. 
 

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Si tuviera que calificar con algún término lo que la nueva vacuna contra el papiloma virus humano nos ofrece, probablemente sería con el de Calidad de Vida.

Y digo “si tuviera”, porque lo cierto es que me encuentro en el rango de aquellos entre los que ya no sería de ninguna utilidad. Tengo más de cuarenta, antecedentes familiares, estoy operada de un cáncer de cuello de útero y tengo un hijo varón. Podría pensarse que no me interesa, pero creo que éstos son factores para tener algo que decir más que otra cosa, ya que puedo hablar con cierto conocimiento de causa, y sin sentir que pesa sobre mí el problema en alguna de sus formas. Mi opinión podría calificarse, en cierta medida, de objetiva.

Es obvio que hablamos de una enfermedad que se manifiesta con cierta virulencia hoy en día, pero no lo es más que los factores de riesgo se han reducido gracias a los fármacos y a los avances de la medicina actual. Sin embargo, el hecho de que su sintomatología no resulte de fácil evidencia, la convierte en un enemigo dormido, que asusta y preocupa, más por el riesgo de que, para cuando se descubra que está ahí, ya haya poco que hacer, que por el elemento de prevención que implica. Por mucho que queramos convencernos de que somos capaces de controlarlo todo, la verdad es que es mucho más sencillo pensar que no está, porque no lo percibimos, que establecer un cierto mecanismo de control sobre nuestra salud y sus variaciones.

Hay a quien todo esto le parece banal y pararse a pensar en ello le perturba. No es fácil admitir que la vida son riesgos, y que es mejor pensar en cosas bellas, fáciles y buenas, que en estar preparados para evitar una tragedia. Parece ser, incluso, que en ciertos países, el hecho de que se haya recomendado la aplicación de la vacuna a adolescentes a partir de 13 años, no supone más que una garantía para facilitar el inicio de las relaciones sexuales, y por ello, determinan que resulta inmoral y tratan de impedirlo. No tiene mucho sentido; se trata de un tema personal, familiar y pedagógico, en franca colisión con un aspecto de salud que no tiene mayor incidencia que cualquiera de las otras vacunas que se aplican a los niños en la actualidad.

Las cuestiones de índole moral suelen afectar, en éstos casos, a aspectos que tienen muy poco de “sanos” – en todo el sentido de la expresión -, y sí mucho de intervencionista y crítico. El hecho, por ejemplo, de que una adolescente inicie relaciones sexuales porque se siente segura por encontrarse vacunada, dice muy poco de la educación recibida. Resulta ridículo, por otra parte, plantearse algo así, por dos cuestiones fundamentales. La primera, que no es concebible que la hipotética aparición de una enfermedad como ésta suponga un freno para la sexualidad, y la segunda, que los jóvenes de hoy día disponen de información más que suficiente como para prevenir asuntos mucho más complicados a corto plazo, que la posible amenaza de un tumor en el futuro.

Mi preocupación, sin embargo, va más allá de lo puramente médico. Como ya he dicho, al hablar de la “calidad de vida” no me refiero a aspectos de orden práctico, a nuevos medicamentos o a técnicas innovadoras. De eso tenemos mucho, y afortunadamente, gracias a la investigación, cada día más. Prefiero tratar el tema desde el punto de vista del espíritu: no voy a pensar en ello, porque no necesito hacerlo.

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Parte II

Cuando mi madre enfermó, tan sólo ella era capaz de determinar éste alcance. Claro que su caso es muy particular: tuvo claro cómo acabaría, desde el mismo momento en que el médico le dijo que no le gustaba “aquello”. Como consecuencia, todos y cada uno de nosotros supimos de qué se trataba, y la influencia posterior que tendría en nuestras vidas. Para entonces, las tres hermanas éramos mayores, y asumimos parte de su riesgo como un poco de la herencia familiar. Debo reconocer mi total ignorancia por aquel entonces, pero sí fui consciente de lo duro que sería enfrentarse – de nuevo – a todo aquello. Quiero decir que siempre supe que no podía ser algo en lo que no tenía que pensar, porque yo también me encontraba en la misma espiral. Y, quizá, sólo por ser mujer.

Lo curioso del caso es que, cuando conocí la noticia, me informé con cierto detalle y comprendí el logro que suponía, me invadió una agradable sensación de tranquilidad. Por el motivo que sea, es algo en lo que ya no tendría que volver a pensar. Mis sobrinas están en una edad en la que es adecuado vacunarlas, y en lo que se refiere al entorno, me siento incluso arropada cuando oigo a alguna de mis compañeras tratar el tema. Es más: hay quien no lo situaba en su adecuado contexto hasta ahora, y le ha sabido dar la importancia que tiene. Aunque sea para no tener que pensar en ello más adelante.

Todo ello me lleva a pensar que tal vez mi primera elección no fue todo lo adecuada que yo hubiera querido: la Calidad de Vida supone un aspecto muy personal, que puede no ser más que una elección. Me explico: al hablar de que algo me proporciona Calidad de vida, de lo que estoy hablando es de mi percepción de que algo es satisfactorio. Ello no implica, necesariamente, que sea permanente, ni que no haya alguien que perciba o piense algo distinto. Puede que, por eso, sea algo demasiado subjetivo para calificar este descubrimiento.

Sin embargo, y siguiendo en la misma línea, la expresión Esperanza de vida, que es un concepto social y demográfico, de bastante uso hoy en día, y que hace referencia al Estado del Bienestar, puede, tal vez, definir mejor lo que quiero decir. Expresa la posibilidad de mejorar la cantidad de años que puede vivir una determinada población, y está influido por factores de higiene, médicos, del entorno y situación, etc., siendo uno de los indicadores sociales de la calidad de vida más relevantes actualmente. Es mucho más objetivo, y cualquiera puede sentirse parte de ésa población.

Con todo esto, lo que me parece destacable es el hecho de considerar que, lo que realmente nos está proporcionando esta vacuna es una oportunidad. La prevención es casi una obligación de cada uno, que a menudo dejamos de lado por cualquier asunto que nos entretenga un poco más. En el caso que nos ocupa, con mucho mayor interés, a la hora de comprobar la posible aparición de algo que ni siquiera podemos sospechar, y que mucho menos deseamos. Aunque no debemos dejar las citologías con la periodicidad que nos recomienden los médicos, la vacuna nos da una garantía frente al “despiste”, a la dejadez o a la simple ignorancia, que no deja de ser Calidad y que nos ofrece Esperanza.

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Más información

1. El papiloma virus: qué es y porqué se ha desarrollado una vacuna. Por la Dra. Sesmero.

2. Las vacunas: por los Dres. Bayas y de Miguel.

Las indicaciones:
Por la Junta de Andalucía
Por la Junta de Castilla y León

3. Para evitar el contagio: Por Fisterra

4.- Las diferentes estrategias: Por el Dr, Ruiz Contreras

5. Preguntas frecuentes: contestadas desde Murcia Salud 

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