Día agotador en el Wharf. Como de costumbre la mañana empieza pasada por agua bajo un cielo plomizo y ambiente cargado de humo de pescado y olores del mercado. Las acequias rebosan de agua turbia en contraste con el agua limpia con jabón que se distribuye en cubos con un pequeño grifo para la higiene de manos.

Sigo mi rutina y abro la cremallera del bolsillo inferior derecho de mi chaleco para alcanzar el bote de solución alcohólica. Tras verter el gel cristalino en mi palma izquierda devuelvo el bote a su bolsillo y cierro la cremallera antes de continuar el ritual. Me lavo generosamente las manos siguiendo los pasos de la OMS igual que cuando trabajaba en el hospital.  Ya estoy listo para abrir el bolsillo de más arriba, esta vez cerrado con un velcro que asegura la impermeabilidad de mi teléfono móvil. Leo ávido los mails y mensajes de las últimas 4 horas. La poca cobertura, el sudor y el riesgo de que el móvil caiga al suelo hacen que pasen largas horas desconectado del mundo.  Hago las dos llamadas de rigor, hoy no hemos tenido ninguna alerta, pero como siempre hay necesidades que  cubrir en las casas en cuarentena. Cierro la tapa del móvil y me doy cuenta de que la gente que me rodea mira mi teléfono. Sentados en sus puestos ambulantes o apoyados en sus motos verifican que vengo de un país en el que tristemente los teléfonos cuestan más de lo que vale una vida digna en este distrito.  En Barcelona compré una funda discreta que ahora está raída  por  el uso y los enjuagues con alcohol.  Sin embargo, a veces resulta inútil el esfuerzo de integrarse y pasar desapercibido.

Miro a mi equipo, veinte sierraleoneses, dos médicos, dos oficiales de vigilancia epidemiológica, enfermeras, voluntarios del barrio y un par de supervivientes que nos ayudan entrando a las casas para no ponernos en riesgo. Todos se acomodan en grupo en el rellano asfaltado que utilizamos para reunirnos tras la mañana de trabajo. Están cansados, la mayoría de ellos ayuna hasta el atardecer por motivos religiosos y no tienen permitido beber agua. Les devuelvo la mirada de respeto y les dirijo unas palabras de ánimo. Abro el bolsillo trasero del chaleco y saco el bolígrafo y el cuaderno de campo. Apuntamos unos últimos números y nos ponemos de acuerdo en el número total de casas y personas visitadas. Deslizo mi mano izquierda al bolsillo de inferior izquierdo y saco un billete de 5000 Leones, 1 dólar al cambio. Me acerco al puesto de la sombrilla arcoíris. Saludo con un “Hello Mam” y compro diez bombones envueltos uno a uno en celofán. Cierro la frágil bolsa de plástico amarrillo fino como papel de fumar y la escondo en el bolsillo de atrás del chaleco.

Camino de vuelta esquivando comerciantes y niños que no van al colegio. Me encuentro de nuevo con mi equipo y les doy una sorpresa, un poco de chocolate para alegrar el ánimo nunca va mal. Casi todos se lo guardan en el bolsillo, bien para respetar el ayuno o para compartirlo con sus familias. Me despido del grupo  y  llamo al conductor para que me recoja. Atravieso andando el mercado hasta el punto de encuentro con las manos en la pechera del chaleco para no tocar a nadie sin querer. Pese al bullicio me lavo dos veces más las manos en los puntos de control designados por la OMS. Los militares y voluntarios designados a los puntos de control miden la temperatura de todos los viandantes sin excepción. Apuntan a mi sien con el termómetro y leen en voz alta el resultado, 36’7oC, todo bien. A este paso llegaré demasiado justo a la reunión del Distrito. Veo el coche a lo lejos, entre la multitud y me parapeto contra el muro del cuartel de policía, sin tocarlo pero cerca para no ser arrollado por el baile de mercancías en las cabezas. Una carretilla afilada pasa casi rozando mi pierna y suspiro aliviado cuando veo que el coche ya está aquí y que no tengo un siete en el pantalón. El conductor me abre la puerta del maletero y le cuento las anécdotas del día mientras rocío con agua clorada las botas de lluvia embarradas. Entro de un salto en el coche, y me bebo media botella de dos litros de agua recalentada después de lavarme las manos con alcohol y la cara con toallitas que huelen a bebé. Un grupo de niños saltan y agitan las manos desde fuera del coche y me gritan: ¡“poto”!, ¡“poto”!, que quiere decir blanco en el idioma local. Les contesto “hadi buddy” (¿cómo va eso?), sonrío de felicidad y me doy cuenta de lo lejos que estoy de casa. El teléfono suena, da gusto poder contestar con las manos limpias. Me llaman de la Oficina. Por lo visto necesitan que vaya como coordinador epidemiólogo a la segunda ciudad más grande de Sierra Leona, Makeni. ¿Cuándo?,  ¡Ya!.

Se me escapa una sonrisa de tristeza por no poder despedirme y felicidad por el reto que supone esta nueva aventura. Al fin y al cabo, ¡me apasiona este trabajo!.

 

 

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César Velasco es médico especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública, epidemiólogo del Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal) y miembro de la Asociación Española de Vacunología (AEV). Forma parte del equipo de expertos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que trabaja para la erradicación del ébola en Sierra Leona.